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“Vieilles maisons de L´Arrabal Roix”, un grabado de Gotorbe, publicado en La Tour du Monde, en 1892.

El arrabal ha sido, desde tiempos inmemorables, el corazón y alma de la ciudad de Alicante. 
No en vano, en este acantilado estratégico sobre el mar se fundó la villa antigua, que en época ibérica tuvo especial relevancia histórica en las luchas de cartagineses y romanos. Además, el inmenso castillo (hoy llamado de Santa Bárbara) corona el acantilado y a su vez esconde y protege las antiguas ruinas ibéricas. A sus pies, en las empinadas laderas fue expandiéndose la ciudad y así ha llegado hasta nuestros dias, aunque su memoria se ha difuminado tanto que conviene contemplarla cual fotografía antigua.

En la parte más alta, rascando las rocas, se instalaron menestrales y artesanos; sin olvidar las cigarreras, cuya actividad se trasladó después más abajo. Los barrios recibieron en su continua expansión diversos nombres: Santa Cruz, el Carmen, San roque, Villavieja…
Todo en perfecta cuesta, sin peligro de inundaciones, con la traicionera rambla a sus pies. Incluso Santa María, hermosa iglesia, estaba en alto. Podríamos decir que Alicante fue una ciudad que levitaba suspendida en el aire.
A su vez, las casas se desparramaban en difícil equilibrio. Una plazuela unificaba el revoltijo de callejuelas y arroyos en torno a una fuente. Las tiendas de salazones olían a sardina y mojama, pero también a chocolate. El apacible  viento que venía de la mar esparcía salobres olores. Un rótulo callejero rezaba entre real y mordaz “Calle de navíos a la Sierra”.

Las murallas cedieron y la fuerza de la gravedad rellenó barrancos y ramblas cruzados perpendicularmente por callejuelas. La ciudad tenía en su alma original dos espíritus: hasta Santa María era castellana, con sus casonas solariegas y nobles palacetes; a partir de San Nicolás, fue catalana.
Por eso, calles con nombre de Labradores o Toneleros dejaban a paso al “carrer del Pohuet, del Llop, de la Palmereta y del Bonaire”. Los hornos rodeaban la colegiata entre humo e incienso. El olor de los obradores de chocolate se reforzaba con  toñas y cocas.
La calle Mayor estaba engalanada, luciendo tiendas de vestidos y juguetes. El mercado, sin embargo aglutinaba tabernas y freidurías. Entre portales y paseos como el de Elche o la Reina, pulularon tiendecitas de chufas y altramuces; otras, de mayor dignidad, engañaban con falsos oropeles y lentejuelas, ofreciendo finas telas. Recordemos la del tío Maruenda, la abacería del Gato, la de “mestre Capella”, da del “sego llusía”…

Las alpargatas, como Dios manda, se compraban bajo los Porches. Hablar de Porches era hablar de animación. Fueron el corazón de Alicante. La casa Consistorial en frente, cuadrando una plaza de múltiples nombres: comenzó con el de Paseo del Enlosado, luego del Mar. En la parte de atrás cercana a los muelles se estableció la antigua pescadería y acudían al bullicio de los porches los tripulantes de barcos que se arrimaban al olor de la cafetería de José Bucolini, los truhanes que pululaban por el mercado y las playas echaban una partidita en los billares de Jerónima Capriata. A los bodegones de callos y caracoles se arrimaban a mediodía la gente de los arrabales.

Alicante, por fin, se abrió
Por el puerto salía el vino, el fondillón, y entraba el oro. Los italianos enseñaban el arte del turismo a los boquiabiertos alicantinos. Pepa Bossio abría fonda y restaurante en la antigua plaza del Enlosado. En la calle de Fontanella, competía otra italiana, Mará Macino, con el “León de Oro”.
Un buen día, un caballero extranjero se hospedó en la fonda de Bossio (allí llegaban hombres de negocio, artistas y celebridades.) Al hombre extranjero le encantó deambular a solas por la ciudad. Por el puerto, entre la maraña de mástiles y humos de los barcos; por las calles, oyendo atentamente el murmullo de los rezos y cantos de frailes y monjas. Tras breve estancia, tomó el tren y nos dejó con nostalgia.
Se llamaba Rothschild.
Algún día, hablaremos de él.

Fuente: Juan Luis Román del Cerro