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En el valle de Guadalest.
Beniardá, a las diez de la mañana del 23 de noviembre. 
Con diez grados de temperatura. Mientras pasan los minutos las calles se van llenando de amigos. Amigos que caldean el ambiente, que hacen cálida esta mañana fría en la montaña de Alicante. Fernando, con sus pantalones cortos y su botella de agua. Javier, su amplia sonrisa y su don de gentes. Arturo, con sus interminables conocimientos de nuestros senderos y la claridad con que nos los cuenta. Roxana, impaciente en su bautismo senderista. Pedro, panadero de Elda, trae en su mochila unas magdalenas de miel para el almuerzo. ¡Qué magdalenas, amigos!. Y su bota con el recio vino de Monóvar. Jesús y su hijo Pablo, …
Caminando por las calles de Beniardá. El Ayuntamiento, la plaza de la iglesia. Calles estrechas por donde casi no cabe un coche. Paredes encaladas de gruesos muros, guardan el secreto de la vida sosegada de pueblo, del calor del hogar, de los chismorreos tras los visillos. Pasamos bajo un arco. Sobre este, un santito. Salimos del pueblo. A nuestra derecha una extraordinaria vista del embalse de Guadalest. Pasamos junto a la piscina municipal, que en verano se alimenta con aguas cristalinas de un manantial. Terrazas con algarrobos, olivos y almendros, se escalonan hacia la vaguada.
Y un susurro. Acompasado. Un canto a la vida, al amor, a la esperanza. Un canto a la amistad, a las buenas maneras, al compañerismo. Una música que nos ilusiona. Como no puede ser de otra manera. Con partituras de la Aitana, la Serrella, la Aixortá. Sierras que envuelven este valle, que guardan este embalse. Lo que antes era susurro, ahora un fuerte rumor. Una pequeña cascada de agua, acaricia las rocas. Agua que se abre paso a través de la tranquilidad del valle. El río Guadalest. El río Abdet. Se juntan buscando su destino en dirección al embalse. Un puente. Pasamos a la otra orilla. Y es aquí donde parece que, de verdad, empieza el sendero. Aunque no es sendero. Es senda, es camino. Bajo los pinos.
La larga hilera de personas se estira. Cada uno a su paso, cada uno a su ritmo. Porque no somos iguales. Ante la ley sí, pero en el senderismo cada uno camina según sus posibilidades. Aunque hoy la dificultad es baja. Unos diez kilómetros alrededor del embalse de Guadalest. Primero por uno de sus lados. Volveremos por el otro, en sentido contrario. Siguiendo las marcas horizontales blanca y amarilla. Evitando los caminos con las marcas en cruz con líneas blanca y amarilla porque por ahí no es.
Mientras caminamos vemos algunos pueblos del valle. Pequeñitos, a lo lejos. Benimantell y Benifato. Beniardá y Abdet. Por encima de ellos, la base militar en la cumbre de la Aitana. Con colores de otoño diseminados por el monte. Y el castillo de Guadalest, nos mira expectante. Desde sus almenas. Bajo ese cielo azul y sus nubes algodonosas, reflejados en el agua turquesa del pantano.
Atravesamos la presa, y nos paramos a almorzar. Una paradita para alimentar nuestro estómago. Para compartir nuestras palabras, nuestras experiencias. Después de la presa, por encima de las copas de unos pinos, el mar en el horizonte. Continuamos. Por la otra cuenca. Más boscosa. Otra vez el sonido del agua que corre. Por multitud de riachuelos que aparecen entre la maleza. Unos juncos. Y algo más que un riachuelo. Tenemos que atravesarlo con cierta dificultad. Iniciamos la subida al pueblo, muy pronunciada. Si antes hemos bajado, ahora tenemos que subir. Nos espera una gran cerveza como premio a nuestro esfuerzo en el restaurante Ca Gloria, en Beniardá. Cambiamos impresiones, comentamos anécdotas del día, alimentando la ilusión para la próxima ruta senderista.
Nos espera en Aigues una comida con esta peña de amigos. Con este grupo de senderistas convocados por la Asociación de Caminantes de Aigues (ACA). El plato fuerte … un cóctel de risas y sonrisas. Entre palabras que picotean el pan. Palabras que saborean los olores de la paella y de la fidegua. Palabras que se embriagan con la mistela de la tierra. Palabras que disfrutan de estos buenos momentos entre amigos.

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