>

Romántico y lúgubre, como los versos atribuidos a Espronceda, nos describe un periodista del diario republicano «El luchador», el viejo cementerio de Tabarca, «situado a las mismas puertas del pueblo y en el punto que sirve de atracadero, frente a la cala, y en un estado lastimoso se encuentra el corralón destinado a guardar los cadáveres allí sepultados (…) Cuando ocurría una defunción se hacía imposible abrir nueva zanja, sin encontrar otro ataúd (…) Aquello está hoy convertido en grasa pringosa, trozos de madera, cráneos, fémures, algún destruido esqueleto mal envuelto en retorcidos trapos». En fin, aviven el seso y recuerden.

Extraída del libro “Los pescadores de Tabarca y Nueva Tabarca” (2003), de Arturo Lenti

Para fortuna de todos y de los vecinos de la islita, muy en particular, el pedáneo Pascual Chacopino cabalmente se echó para adelante: la situación atentaba contra la salud pública y el sentido común. De manera que se fue a buscar la mediación de Alfonso Rojas Pobil de Bonanza y le informó de cómo estaba la cosa. De inmediato, el alcalde Federico Soto Mollá tuvo noticias y procedió en consecuencia, cuando el Ayuntamiento, como casi siempre, andaba más bien en precario.

Se encargó del asunto al maestro albañil Tomás Giménez Antón quien se entrevistó con el arquitecto municipal y establecieron las dimensiones del nuevo camposanto: emplazado al final del campo de Tabarca, tendría una longitud de cuarenta metros con cuarenta centímetros, y una fachada de veinte con sesenta, más un depósito con cubierta de teja, adosado al cementerio. El presupuesto ascendió a dos mil quinientas cuarenta y siete pesetas con ochenta y siete céntimos. De esta cantidad, mil quinientas cincuenta las abonaría el pedáneo de la recaudación de las ventas de agua de los aljibes; y el resto saldrían directamente de las arcas municipales.

Las obras se terminaron el 15 de enero de 1912. El técnico consistorial giró una visita de inspección y le dio su visto bueno. Todo estaba en orden. Bueno, todo menos los dineros. Porque si bien es cierto que la pedanía cumplió sus obligaciones contractuales, el Ayuntamiento no satisfizo la parte que le correspondía, «a pesar de haber hecho más de veinte viajes a Alicante el contratista. En todas sus visitas ha obtenido la misma contestación, siempre la misma discordante nota, siempre el no hay dinero por ahora, ya lo tendremos en cuenta. Y… en cuenta lo tiene aún, pero en cuenta pendiente». ¿Le suena a algún proveedor?

Pues, verán, Tomás Giménez Antón que no andaba muy sobrado, dijo que ni un difunto, en tanto no le pagaran, y retuvo las llaves. Hasta que su conciencia y las promesas del nuevo alcalde Edmundo Ramos Prevés, lo convencieron. Una junta resolvió finalmente inaugurar el camposanto. Curiosamente, el último cadáver sepultado en el viejo corralón fue el de Cayetana Ruso Martínez, de 86 años de edad, el 5 de enero de 1913. El primero del nuevo cementerio, el de Francisco Ruso Martínez, hermano de la anterior y de 89 años, el 24 de enero de 1913. Todo en familia. La pequeña crónica no tiene desperdicio.

Fuente: CERDÁN TATO, Enrique. Gatera 1993 (26 de enero de 1993)

Fotografías: Cedidas por Armando Parodi Arróniz y extraídas de internet