>

Sábado, 28 de marzo de 2009.
El tiempo se mostraba inseguro, con nubes y sol a ratos, tal como dicen estaba aquellos días inciertos. Uno ha comprado de buena mañana el Información y ha admirado el magnífico trabajo de Paco Moreno y sus colaboradores. La fotografía del bombardeo del 25 de mayo es impresionante, y deja clara la intención de los aviadores asesinos de masacrar a la población civil. Un error no hubiera dejado el testimonio de esa concentración de impactos en la zona centro de Alicante. Esta claro, muy claro.

               

Hoy es sábado y ha venido mucha más gente que ayer. Así que vamos en dos autobuses llenos. Atravesamos los páramos de la zona más seca de nuestra provincia. ¿Qué pensarán de esta tierra los hijos del capitán Dickson? Ay, quién supiera hablar bien en inglés para preguntárselo.
Hemos llegado a las vecindades de la Posición Yuste, última sede del gobierno legítimo de España en los últimos días de la guerra. No se puede ver la finca, escondida tras un espeso bosque de pino mediterráneo. Ahora es una casa particular cuyos dueños no permiten las visitas. Un amable y culto guía nos explica las razones del presidente Negrín para instalar allí su cuartel general. Negrín, tras la retirada de Cataluña y la dimisión de Azaña como presidente de la República, había regresado a territorio republicano, con la intención de organizar una resistencia que empalmase nuestra guerra con la mundial que se adivinaba ya en lontananza. Si esto no era posible, al menos quería organizar una retirada ordenada que facilitase la marcha al exilio de los que prefiriesen la vida en tierras extrañas a la vida en tierras de odio y tiranía. No fue posible, el golpe de Casado, Cipriano Mera y Besteiro, dio al traste con sus proyectos, y tuvo que marcharse de nuevo y dejar España a su suerte. Es posible que todos actuasen de buena fe, pero los enfrentamientos entre republicanos, el fusilamiento de Barceló, la detención de Etelvino Vega por sus propios compañeros de lucha, nos llena de tristeza y nos explica muchas causas de la derrota final.

  

                        
Nos detenemos en el Forn de Cultura de Petrel, edificio admirablemente restaurado, con su altísima chimenea de ladrillo, donde se muestra una exposición sobre las Brigadas Internacionales. Allí tiene lugar el más emotivo de los actos de estas jornadas. El señor Dickson, traducido por una nieta del ministro republicano Giral, nos muestra su emoción y nos dice que su hermana y él han conocido la grandeza del heroico acto de su padre y la celebración de estas Jornadas gracias a Internet. La nieta de Giral, el hijo de un brigadista irlandés, el hijo de otro brigadista italiano que, además, se salvo en el Stambroock, hijos de exiliados que han heredado el exilio de sus padres, la memoria de un republicano que convivió con los brigadistas suecos, que ya han fallecido todos… nos hacen llorar. Los organizadores nos obsequian con un refrigerio a base de coca de hojaldre con embutido y buen vino de la tierra. Se distienden los ánimos, demasiado tensos, y nos vamos al autobús a ver la Posición Dakar, conjunto de pequeñas casas rurales que todavía se conservan como entonces y que ocuparon Pasionaria, Alberti y Palmiro Togliatti, entre otros cargos del Partido Comunista. Unos se quedaron en la clandestinidad, otros marcharon en avión, después de hablar por última vez con Negrín. Tenemos la sensación de estar viviendo la Historia en primera fila.

  

                      

He conocido a Lina, la viuda de Amado Granell, teniente de las tropas de Leclerc, que entró el primero en París, al frente de sus hombres, todos españoles republicanos, el día de la liberación de la capital francesa. Antes había sido comandante en la Guerra de España y se exilió en el Stambrook, para ser recluido en un campo de concentración, hasta que se enroló en el ejército de la Francia Libre. Lina es una mujer extraordinaria, llena de humor y vitalidad, cuya amistad es un lujo y un honor que nunca agradeceré bastante.
Cruzamos en el autobús las calles de Elda, y nuestro guía nos va indicando los edificios que ocuparon diversos organismos gubernamentales, en los días en que la ciudad del calzado fue capital del Estado Español.
 Nos dirigimos a Monóvar y pasamos por su plaza de toros, hoy remozada y hermosa, pero que fue campo de concentración de republicanos, vigilados por una guardia de soldados marroquíes.

  

              

Y al fin, llegamos al Hondo de Monóvar, donde nos espera un anciano que tremola la bandera de la República. Estamos en el aeródromo desde donde partieron personajes como Pasionaria, Negrín, el General Miaja, Alberti, Rosa León, Lister… Hay un gran pino bajo el cual, dice la leyenda, Pasionaria esperaba el avión del exilio. Seguramente no es cierta la historia, pero el pino nos sugiere tantas cosas… Hay refugios antiaéreos y bunkers alrededor de las viñas que antaño fueron pista de aterrizaje.
Una gigantesca paella para doscientos comensales, magníficamente cocinada, nos espera en la explanada, a la sombra de los pinos antañones, y después, en el autobús, alguien pone un DVD en el televisor para ver un viejísimo documental sobre la batalla del Jarama, con texto de Hemingway y voz de Orson Welles. Una mujer observa la película muy atenta y, en un momento dado, señala una figura confusa y exclama: ¡Ese era mi padre!

    

                  

Esta tarde, en el Auditorio de la CAM de la calle Isabel la Católica, escucharemos a Francisco Moreno y a Julio Aróstegui, que nos hablarán de  la represión y el exilio de la posguerra. Porque hay cosas que es bueno que no se olviden.
Y mañana, a partir de las 11,30 horas, en el puerto, aquel puerto del que partió el Stambrook, aquel puerto donde murieron las esperanzas de los últimos republicanos, daremos el homenaje que se merecen aquellos que lucharon por la democracia, la libertad y la decencia de nuestra Patria, contra los usurpadores, los traidores y los envilecidos generalotes golpistas, casposos y beatos, justificados por los que se denominaban, y aún hoy lo hacen, vicarios del que dijo: “Amaos los unos a los otros”.

  

La Historia nos obsequia a veces con esos sarcasmos.
  

Miguel Ángel Pérez Oca.