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Orgullo y vergüenza son dos sentimientos bastante contradictorios. Y sin embargo es lo que he sentido en estas III Jornadas de la Ciudad, organizadas por la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas. Orgullo de nuestro pasado y vergüenza de nuestro presente. 
En la conferencia de Emilio Soler, en las actuaciones de Alicante Vivo, incluso en los paseos por las Torres de la Huerta y el castillo de San Fernando…, he vislumbrado una historia llena de momentos extraordinarios y una identidad alicantina que debiera enorgullecernos. Pero, ay, como dicen los chicos de Alicante Vivo, “ser alicantino duele”, duele y avergüenza. No hay más que ver cómo los alicantinos consentimos, con nuestros ediles, que se vayan perdiendo las torres y fincas de la que fuera huerta de la Condomina. Edificios con cinco siglos de historia y una arquitectura singular, van siendo pasto de la ruina más penosa, del abandono más lamentable, mientras los especuladores se frotan las manos – o se las frotaban antes de la crisis – en espera de que las excavadoras y las picoletas les allanen el camino hacia el pelotazo urbanístico. Y el Castillo de San Fernando, nuestra otra fortaleza, cuyas infraestructuras todavía perviven y sería muy fácil volver a adecentar, duerme bajo una manta de suciedad y desidia. El parque infantil de tráfico, que con tanto amor sirvió de cátedra al inolvidable “sargento Moquillo” está desmantelado, junto al decapitado y pintarrajeado doctor Rico. Suciedad y abandono en la fortaleza y sus alrededores, junto a un malogrado parque temático del País Valenciá que algún idiota proyectó con un estanque que forzosamente tenía que reventar ante las dilataciones de los materiales sobre un suelo blando e impropio. 
¿Es que el alcalde de entonces no podía confiar el proyecto a algún profesional competente? 
Pues no, como decía mi abuelo: “mantente mientras cobro”, o mientras inauguro. Es la triste historia de este Alicante moderno, la tierra del turismo barato, el pelotazo ladrillero, la amnesia histórica, el desinterés municipal y el “menfotisme” de un pueblo que es capaz de votar a gente incompetente para cuidar su ciudad. Por eso ser alicantino duele, porque tenemos lo que nos merecemos.

Miguel Ángel Pérez Oca.
Leído en Radio Alicante el 26-05-2009