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La ocupación humana en El Campello es muy antigua, como lo atestigua la sucesión de estratos culturales en La Illeta dels Banyets, del Bronce e Ibérico a la Romanización, más los yacimientos ibéricos del interior (Cabrafic, La Ballestera), elementos musulmanes, las torres vigía (La Illeta y el Barranc d´Aigües), siguiendo con el patrimonio del XVIII-XIX: varios masos, el Convent, dos assuts y otras construcciones, sin olvidar una villa bajorromana junto a la autovía de circunvalación que fue arrasada sin contemplaciones, sin un gesto de protección por los responsables de lo público. En el 2008 mil doscientas peticiones solicitaron su conservación y plantearon alternativas compatibles con la carretera. Como no se atendieron, se perdió un importante bien cultural que hubiera enriquecido los recursos turísticos.
                            
Hoy quiero ocuparme de pequeños pero reveladores testimonios de actividades ligadas al mar y a las posibilidades del medio. El Clot de L´Illot era el refugio natural de las pequeñas embarcaciones de vela latina, los llaüts caeros de los pescadores del Carrelamar. La Illeta estaba separada por un estrecho paso de mar, un freu, hasta que en 1943 se dinamitó parte del lado cercano a la costa para colmatarlo y formar un istmo artificial creando así una península que actuara de abrigo a los vientos de llevant i llebeig. El escaso fondo facilitaba el acceso a tierra, un paraje presidido desde mediados el XVI por la torre vigía. A fines del XIX la poblaban unas pocas casitas de pescadores-campesinos, un aljibe de cubierta de medio cañón, que subsiste, y el cuartelillo de carabineros que procuraban impedir el frecuente contrabando de tabaco; disuelto el cuerpo en 1940 pasó a ser de la guardia civil.
                  
 
 
Rafael Altamira que disfrutó de periodos vacacionales en la casa que sus padres poseían en el barrio de La Creu, Ca Terol, también demolida hace unos años, nos ha dejado descripciones de aquel Racó de la Illeta, cuya línea de costa coincidía con el límite del actual paseo en su encuentro con el acantilado. La construcción del puerto y del paseo marítimo desde 1987 hizo retirar el mar unos centenares de metros.

      

Caero Nautic de El Campello

                     

La playa corría casi en línea recta, perdiéndose a lo lejos por el Sudoeste: mientras que por el otro lado, a poca distancia del caserío, formaba un seno cerrado por un promontorio que, sin prolongarse mucho mar adentro, cortaba el horizonte por el Nordeste. En lo alto, y sobre la ensenada, nuevas casas perfilaban sus contornos sobre el cielo azul, de una limpidez admirable, que se reflejaba en el agua, de un tono más intenso.  […]
           
En vez de bajar directamente, costearon la altura en dirección al cabo y fueron descendiendo por la depresión que formaba la desembocadura de un barranquillo estéril, poco profundo, cuyas dos laderas estaban sembradas de diminutos caracoles marinos, blanqueados por el sol. Siguiéndolo, desembocaron a los pocos segundos en la playa, que por allí se prolongaba mucho, tierra adentro. La cortadura era más alta a medida que avanzaban hacia el cabo, pero se dividía en escalones; y Juan observó que en ellos se abrían, de vez en cuando, cuevas provistas de cierres de tablas y a las cuales se subía por senderos en zig-zag.
           
—¿Vive ahí gente? —y preguntó el joven.
                  
—En unas sí, en las menos —contestó don Vicente—.
                          
Por lo regular, sirven de almacén para los pescadores, que, guardan ahí los útiles de su oficio. Nosotros vamos a una que está habitada. Ven por aquí. 
               
Comenzó la ascensión, muy trabajosa porque la pendiente era rápida. En el polvillo amarillento en que se deshacía la arenisca, resbalaba la suela de las botas de campo.
                          
– Aquí hay que venir de alpargatas —dijo don Vicente—. Nuestros calzados no sirven. […]

                          

 Llegaron a una de las cuevas y, sin detenerse a llamar, don Vicente abrió el cierre de labias entró. Una sola pieza tenía la cavidad. A la derecha, en primer término, un resalto de la misma roca servía de banco de cocina. [Reposo (1902); edición de Juan A. Ríos. Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1992]

 
  
  
 

                                               

Casi en el centro de la bahía que la playa forma, se abre un recodo más profundo, del cual, desde lo alto, se ve tan sólo un brazo coronado por una torrecilla, ya en ruinas, de las que sirvieron para los vigías costeros en otras épocas. Aquel recodo es el puerto de Lamprea, y en su seno se refugia toda una escuadra de barcos de pescadores. […]

              

A la orilla del agua, bordeando aquel recodo que forma un puerto natural, se alzan las casas en que vive, en época de pesca, lo más lucido de los marineros; haciendo de las redes de reserva, de los artefactos inútiles, de los barriles de cebo para el pescado, lecho y mesa temporales. […]

                      

A la parte de tierra, inmediatamente detrás de las casas, sube el terreno como un murallón, que corta la vista.
Desde la orilla sólo se ven algunas otras casas en lo alto, la masa verde de las mieses, las crestas de algunas palmeras y el sombreado vigoroso de la serranía lejana. Así pueden considerarse los marineros como solos ante la grandeza del mar.

      

Pues en aquel murallón costero, blando y pedregoso, han abierto juntamente el agua y la mano del hombre estrechas cuevas, que sirven por lo común de almacenes; y en una de ellas —no la más capaz, sin duda— vivía la heroína de mi historia. [Cuentos de Levante (1895); edición de Ediciones Thule, 2003]
            
 
  
  
  
  
  
  
                              
Son identificables los trazos del paisaje descritos por Altamira. A partir de la desembocadura del barranquillo que termina en el Clot, la costa se alza. Son materiales blandos que la erosión marina y eólica han ido laminando. Allí, los campelleros excavaron un docena de cuevas como almacén de sus pertrechos de pesca, vivienda ocasional, o permanente los más pobres, sobre todo en los difíciles años 40, y aun fueron refugio preventivo en caso de bombardeo durante la guerra civil. También sabemos de otro en el subsuelo de la Plaza de Canalejas, frente a la iglesia, hoy cegado.

La remodelación urbana de la zona mantuvo estas cuevas considerando su valor etnográfico; sin embargo, se han colmatado parcialmente, hay basura, han perdido buena parte de las estructuras interiores y las puertas. Convendría un mantenimiento y unos paneles con interpretación.

Si nos acercamos a la Torre son visibles un aljibe, quizá de mediados del XIX,  y un horno de cocción de cerámica ibérica, datado del siglo III aC. Ya fue investigado por Figueras Pacheco en 1935 durante sus trabajos en el yacimiento de La Illeta dels Banyets. Forma parte de un conjunto de hornos y un testar que fue estudiado en los noventa y vuelto a cubrir para garantizar su protección, excepto éste que está al descubierto.
          

 
  
  
  
  
  
 

Podemos observar otras huellas sobre el medio si paseamos hacia enclaves cercanos. El primero, junto a la Cova del Llop Marí. El topónimo indica una posible guarida de la foca monje, monachus manachus; todavía en los sesenta vivían ejemplares en el Mediterráneo peninsular. Al lado se encuentra una pequeña cantera excavada en la roca arenisca de la plataforma litoral, donde se aprecian tanto el hueco dejado por la explotación como las marcas de extracción de los sillares. Posiblemente servían para el complejo de La Illeta distante a 750 metros y accesible desde el mar, lo que supone una antigüedad iberorromana. Ejemplos semejantes de aprovechamiento histórico de canteras litorales podemos encontrarlos a lo largo de La Marina Alta; son notables las de Xàbia y Calp.

Otra cantera a cielo abierto se halla sobre un cerro próximo al Clot de l´Illot. Son pequeños focos de saca también de piedra arenisca litoral. El más grande  parece un cráter y la técnica utilizada es similar en estos casos por las muescas que se observan en el roquedo. Su destino bien pudiera ser La Illeta. Estos dos yacimientos tienen un doble valor, arqueológico y etnográfico, por lo que el PGOU del Campello prevé catalogarlos como Bien de Relevancia Local y como tal registrados en el Inventario General del Patrimonio Cultural Valenciano. ¿Será suficiente?.

 
                  
Sobre La Illeta se está generando cada vez más una abundante bibliografía, pero para una visión global y detenida debe ser consultada la obra de Olcina Doménech, Manuel, ed. (1997): La Isleta dels Banyets (El Campello, Alicante). Estudios de la Edad del Bronce y Época Ibérica. Museo Arqueológico Provincial de Alicante. Sin olvidar visitar el yacimiento y sus materiales depositados en el MARQ.
CARLOS SALINAS SALINAS