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“Los Mundos de Yupi”

               
Esta tarde cojo un avión y me voy a Alicante. Estaré allí hasta el lunes. Y tengo unas ganas locas.

Desde Semana Santa que no había puesto el pie en la terreta, así que llevo un par de semanas contando las horas para llegar a El Altet. Por mucho tiempo que pase, y ya han pasado más de diez años, sigo echando de menos Alicante como el día en que me fui.

¿Qué queréis? Soy alicantino y, como buen alicantino, soy un pesado trayendo a la memoria las bondades de la terreta, de la luz del sol, del cielo azul, de las palmeras y de la horchata de almendra. La millor terreta del món, ¿qué más os voy a decir?

Sin embargo, las ganas locas de llegar conviven desde hace algunas semanas con una desafección que nunca había experimentado. No tengo ganas de escribir sobre nada en el blog, me da miedo que cualquier crítica o cualquier comentario se convierta en un ataque. No me preocupa por mí -ya me he curado de espantos- me preocupa por el ambiente cargado y por el tufillo a bocadillo de tortilla que se está levantando en la ciudad.

Ya he hablado de ello en un par de ocasiones, pero es que la cosa va a más.

Ser alicantino y ser crítico parece  un oxímoron. No cabe la posibilidad de hablar de nada sin que un guirigai de voces la tomen con uno. Ni aunque uno evite polemizar. No sirve, el frentismo se ha instalado en muchos alicantinos.

Si alguien entiende que es necesario racionalizar las Hogueras y acotar la fiesta de alguna forma para evitar molestias excesivas a los ciudadanos, antialicantino. Si alguien entiende que cabe el recuerdo a las víctimas alicantinas de la Guerra Civil, antialicantino. Si alguien cree que el estado en el que se encuentran algunas zonas de la ciudad no es propio de un destino que pretende ser turístico, antialicantino. Si alguien considera que los silos en el puerto no son una buena idea, antialicantino. Si se está en contra del pelotazo urbanístico de Rabassa, antialicantino. Si alguien opina algo que se salga de la mediocridad instalada en los responsables públicos de la ciudad, antialicantino.

Así el ambiente es irrespirable.

Veréis, desde la distancia me preocupa la ciudad y me preocupan sus ciudadanos. No es mi problema, ¿a mí qué más me da? Si yo, como mucho, paso allí tres semanas al año.

Podría ir y tirarme al sol en el Cabo de las Huertas, tomarme una copa en el barrio y volverme a casa sin remordimientos. Pero no es así. La ciudad me preocupa porque conozco otros lugares y he llegado a la conclusión de que Alicante necesita más, y necesita ser mejor.

Así que aspiro a que Alicante sea una ciudad más ordenada, menos caótica, más limpia, más razonable, más respetuosa con sus ciudadanos, más cívica. ¿Significa eso que quiero que Alicante sea menos Alicante? No, significa que quiero sentirme cada día más orgulloso de mi ciudad.

Pero no encuentro eso, encuentro una ciudad degradada en muchos aspectos, desordenada, sucia en muchas zonas, olvidadiza, descuidada. Sé que alguien dirá que exagero, pero yo creo que no. Cerrar los ojos a la realidad no es la mejor forma de transformarla.

Quizá Alicante y los alicantinos no quieren ser transformados. Pero negar la legitimidad a los que creemos que es posible una ciudad mejor no parece una buena manera de facilitar la convivencia.

Se trata, pues, de encontrar un término medio.

Hace unas semanas estuve en Málaga y ni os imagináis cuántas cosas en común tienen ambas ciudades. La diferencia es que Málaga ha encontrado un proyecto de futuro, una apuesta para crecer, mejorar y transformarse en algo más que una ciudad turística y de servicios.

Pero Alicante no ha hecho ese camino. Y, tal como yo lo veo, es urgente que lo haga. De otra manera, tendré que quedarme en la melancolía de lo que pudo ser y no fue.
                        
Y no es mi estilo.
                        

ALFREDO J. CHARQUES