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Práxedes Mateo Sagasta
             

El 7 de enero de 1893, a las 14:17 minutos de la tarde, salía un tren desde la Estación de Valencia “bastante repleto de pasajeros”.

Acomodado junto a Joaquín Casañ Alegre (periodista,escritor, miembro de la Real Academia de la Historia y director del periódico “El Mercantil Valenciano”), viajaba “un buen señor que se dirigía a la Corte para presentar a Sagasta un sobrino, futuro candidato  a padre de la patria y que habría de ser el heredero de aquel buen señor (…)”. Pero Casañ, por su parte, no se dirigía a Madrid. Pretendía completar un recorrido que le llevara hasta Alicante, Elche y Orihuela para dejar constancia escrita de todo lo que viera y que pudiera “servir de guia a quien desee hacer excurisones en que recrear y satisfacer deseos de bellos paisajes y emociones de espíritu”. Por eso, dijo: “he consignado en estas páginas, cuanto ví y gocé en un corto viaje por esa región”. Páginas que, tiempo después, aparecieron en el periódico “La Correspondencia Alicantina” y que “buenas o malas, tiene un mérito y es el cariño, afecto y amor que profeso a esa región tan hermosa de nuestra patria”.

 
La Encina; fotografía de Manolo Serrano©
                  

Tras apearse en La Encina y subir en otro vagón, una hora después sonó una locomotora y el coche se puso en marcha. Acababa de ser enganchado a un tren de mercancias que, muy lentamente, se dirigía hacia Alicante.

Al llegar a la estación, unos treinta pasajeros bajaron del convoy y se aprestaron a escuchar las ofertas de los mozos, “en medio de una económica oscuridad por parte de la estación”: ¡Hotel de Bossio! ¡Hotel de Roma!, exclamaban unos y otros; ¡Fonda de la Marina!, replicaba el siguiente.

Y por ésta última se decidó Casañ.

 
           

En el trayecto, encontró Alicante “remozada y más joven que hace treinta años y mejorado con mucho su caserío. En los charolados portales lucian el gas y la electricidad, señalando con blanquecinas fajas el empedrado y rebosando en blanca luz los cafés en los que se adivinaba la vida concentrada en las primeras horas de la noche”. Como casi siempre solía ocurrir con todos los visitantes, la temperatura de la ciudad maravilló al viajero: “la noche era templada y nadie creería encontrase en enero, sino en una templada noche de junio”.
          
Instalado en una habitación cuyas vistas daban al puerto, Casañ se aprestaba para una bien ganada recompensa de la cena con el balcón abierto: “en tanto me avisaban, sentéme para disfrutar en medio de un ambiente tibio de un cuadro de hermosa tranquilidad. Eran las once, nada se oía más que el murmullo del agua”. Después de alimentarse convenientemente, “tomé la puerta del comedor que da al paseo que supe se llama de los Mártires, solitario, calladas las mumerosas palmeras, nadie transitaba por sus silenciosas calles”.

 
                  

Al amanecer, la sirena de un vapor que entraba en el puerto despertó a Casañ: “el día se presentaba espléndido; ni la más pequeña nubecilla empañaba un cielo limpio  de un azul verdoso que indicaba la proximidad del sol. El agua del mar se teñía de oscuro azulado y la negra masa del barco se dirigía erguida, negra y majestuosa en dirección de esta parte del puerto”. Sin desayunar, presa de la emoción de aquel bello instante, Casañ se lanza a recorrer una ciudad que vuelve a sorprenderlo: “Alicante crece, aumenta, extiende sus casas, rodea el adusto fuerte, al fatídico castillo que amanaza a su puerto y población con las negras bocas del bestial cañón que asoma por las troneras…”

Tras desayunar en el Café Suizo, una vez calmadas sus ansias sobre el espectáculo de aquel amanecer, Casañ se pasea por la calle Mayor, “con sus cerrados comercios” y continua por la calle de Labradores hasta llegar a la Colegiata. Si en  la anterior estancia no tuvo tiempo de visitarla, en esta ocasión el viajero está decidido a hacerlo. “Las portadas no ofrecen nada notable ni que se impresione el ánimo del que las contempla, parece que el desconocido autor de la obra quiso reservar para el interior del templo la mangificencia con la sencillez de la grandiosa obra en donde encontramos una de las más raras combinaciones del arte”.
         

                
Despues de asistir a la misa dominical, Casañ se encamina al templo de Santa María: “gótico del segundo periodo y de puro gusto en líneas generales, pues aquí también en portadas e interior cayó la mano de Churriguera”.
         
Tras un excelente almuerzo que “honra a la cocina del Hotel de la Marina” contempla a las paseantes por la Explanada mientras degusta el café de sobremesa: “el físico de la mujer alicantina conserva los rasgos genuinos del árabe encanto, pero encierra en si su esbeltez, algo de la nerviosidad de la castellana. No es abultada de carnes, rasgo peculiar de aquella belleza oriental, flexible como la palmera, tiene el encanto de la rosa con la fuerza de la vida y color del clavel. Los ojos negros, por lo general, ¿Por qué no ha de haber rubias ni ojos azules? Son de mirada vivida inquisidora y penetrante en sus detalles; su andar reposado, pero enérgico sin languideces de sultana”.
                
Bello espectáculo, sí señor.

          

Fuente:
SOLER PASCUAL, Emilio.
“La excursión del señor Casañ”.
Diario Información (23-02-2003)