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Un hecho a resaltar.
La expulsión de los moriscos del reino de Valencia contó con episodios bélicos como la rebelión de Laguar, el último combate entre musulmanes y cristianos en tierras alicantinas, digno epígono de los de la Reconquista en el que participaron hombres de nuestra ciudad. A los cuatrocientos años de distancia no está de más recordarla.

                                            

Una medida polémica.
Tras vencer poderosas vacilaciones Felipe III se inclinó por expulsar de sus reinos a los moriscos, los musulmanes forzados a convertirse al cristianismo que secreta y privadamente conservaron su fe y costumbres. Eran los herederos directos de los mudéjares que vivían bajo dominio cristiano preservando su religión a cambio de pagar una serie de tributos. En el reino de Valencia florecieron importantes comunidades mudéjares ante el interés crematístico del rey y otros señores, pero la animadversión de no escasos cristianos, el mesianismo cristiano que quería convertir nuestro reino en la primera etapa de la reconquista del Norte de África y Tierra Santa, y el temor más o menos fundado a un levantamiento islámico (auxiliado por las potencias musulmanas) violentaron tal coexistencia. Durante las Germanías (1519/22) los insurrectos bautizaron a la fuerza a no pocos mudéjares, aprovechando su posicionamiento en el bando señorial. La Iglesia validó en 1526 estas más que discutibles acciones, envenenando el problema morisco. La complicada e insuficiente catequización no gozó de buena acogida entre ellos, hundiendo las ilusiones de los eclesiásticos más optimistas.

                

Los cristianos nuevos estaban tan separados de los viejos como sus antecesores mudéjares. El enfrentamiento contra el Imperio otomano, el grave alzamiento morisco en el reino de Granada (1568/70) y las tensiones vinculadas a su fuerte crecimiento demográfico agravaron la fractura. La expulsión sólo era una cuestión de oportunidad y tiempo en el ocaso del XVI. La resistencia morisca a actualizar sus obligaciones señoriales, que tanto padecieron nobles como el conde de Cocentaina, y la pacificación internacional conseguida por el gobierno de Felipe III (suspendiendo hostilidades formales con Inglaterra en 1604 y con la república holandesa en 1609) quebrantaron resistencia y liberaron tropas para ejecutarla. Se comenzaría por el reino valenciano dada su fuerte presencia morisca, y a Alicante se designaría uno de sus puertos de embarque.

               

Alicante, puerto de salida.
En el mapa del Imperio español Alicante acreció su protagonismo en el último tercio del XVI. Su ubicación, sus defensas coronadas por el castillo del Benacantil, la moderación de sus derechos portuarios (tan deplorada por sus competidores) y el peso de su colonia genovesa la erigieron en un valioso punto de tránsito de las lanas castellanas con destino a Italia, sin que el corsarismo musulmán lo impidiera. Las luchas de los Países Bajos e Inglaterra menoscabaron las rutas imperiales atlánticas en provecho de las mediterráneas. Nuestra ciudad supo aprovechar la ocasión construyendo desde 1579 el gran fertilizador de su rentable huerta, el pantano de Tibi.

                      

Los preparativos del extrañamiento.
Los primeros planes son muy anteriores a 1609. En 1577 el virrey Vespasiano Gonzaga apuntó la conveniencia de principiar la expulsión por Valencia, apostando fuerzas en la raya de Castilla para no agotar las provisiones del reino, sirviéndose de la asistencia armada de sus naturales cristianos y desplegando las armadas para evitar un contragolpe turco. Su viabilidad estribaba en la abundante disposición de tropas al temerse una resistencia tan enconada como la granadina.

                                                         

En la primavera de 1609 tal presupuesto se cumplía, y se actuó sigilosamente. Iniciado mayo se avisó a los virreyes y gobernadores de Italia para aprestar sus fuerzas, partiendo a finales de julio para concentrarse en Mallorca el quince de agosto. Los caballos ligeros de la Guardia de Castilla se desplegaron en la frontera del reino. Se hizo provisión de bizcocho en Alicante, Cartagena y Barcelona. El supremo mando militar de la operación se confió confidencialmente en Segovia al veterano don Agustín Mejía.

                                

Participó tal general en el castigo de las alteraciones aragonesas en 1591/92. Se trasladó en 1593 al frente de su Tercio a Flandes, viviendo el delicado final del reinado de Felipe II. Se le preterió en 1603 en el ejercicio del mando de la caballería por Luis de Velasco, al que el Archiduque Alberto culpó del desastre de Sluis. En consecuencia las preferencias archiducales le auparon desde el gobierno de Amberes a la dignidad de Maestre de Campo General en 1604. Sin embargo, el más combativo y osado Spínola lo sustituyó en 1605, siendo llamado a la Corte. Durante las jornadas de la expulsión se condujo con prudencia, sin arriesgar un enfrentamiento directo improcedente. Prefirió la rendición calculada a la incierta promesa de victoria aniquiladora, y en su economía de fuerzas forjada en la escuela de los Países Bajos cabía la consideración a los naturales del reino sin ceder a sus impulsos más furiosos. Gracias a él la campaña de Laguar  no degeneró en un brutal reguero de acciones guerrilleras sin más horizonte que el exterminio del contrario. Mejía supo extraer conclusiones de sus años en el frente, y en el Consejo de Guerra abogó de 1611 a 1620 por reducir el número de galeras en la armada y el de su infantería asignada, por defender las aportaciones militares provinciales, y por negar el mando a los asentistas o contratistas militares. La modesta campaña de Laguar ayudó a la maduración de ideas que eclosionarían bajo el conde-duque de Olivares.

                    

Con los ejércitos aprestados y las resistencias nobiliarias aplacadas tras tensísimas reuniones, el virrey (el marqués de Caracena) hizo público el decreto de expulsión con pompa un 22 de septiembre de 1609.

                      

Las primeras salidas de moriscos desde Alicante.
En tal día fondeaban en nuestro puerto las escuadras de galeras de Portugal, Nápoles, Sicilia, del genovés duque de Tursis y la armada del Océano comandada por don Luis Fajardo. Contaban con los efectivos de los Tercios de Lombardía, Sicilia y Galeones, sobrepasando con creces los 9.000 hombres, que se alojaron en nuestra ciudad y su término, algo impensable sin los preparativos adecuados. Se aplicó con fortuna el sistema de étapes del Camino Español a Flandes, beneficiándose Alicante de la provisión de alimentos y servicios a las tropas del rey, pese a que Maltés y López sostuvieron en el siglo siguiente que los módicos precios se consiguieron sacrificando la recaudación de las sisas y otros derechos ciudadanos.

                                             

Tal despliegue se aconsejaba para evitar disturbios y garantizar la tranquilidad de la embarcación de los moriscos. Alicante llegó a alzar tres compañías suplementarias de vigilancia. La inquietud no era infundada, pues excepto los del marquesado de Elche los moriscos del reino desde Albaida tenían que acudir a embarcar a nuestro puerto. Finalmente por aquí marcharon 45.800 de los 150.000 de todo el reino, comisionándose para supervisarlo al hermano del conde de Buñol, don Baltasar Mercader. Los caminos hacia Alicante se asemejaban hormigueros y por sus calles no se podía dar un paso.

                          

Los moriscos aceptaron su extrañamiento. Figuras como la del alfaquí de Alberic la reputaron de magnífica oportunidad para vivir sin más inhibiciones su auténtica fe, siguiendo las indicaciones ortodoxas de abandonar los países infieles. Tal actitud ya se había visto abonada por la marcha de muchos de ellos al Norte de África en naves argelinas desde 1526. Los coetáneos coincidían en su vigorosa identidad islámica, particularmente de los valencianos, y no pocos se sentirían aliviados de dejar atrás una atmósfera agobiante. Escolano refiere que hubo incluso uno que se casó con su propia hija en el puerto alicantino, anécdota que contiene su buena dosis de exageración malévola pero que nos muestra la pretensión de los moriscos de no continuar ocultándose.

                                   

La perturbación del éxodo.
La expulsión distó de ser una completa operación pacífica, y maledicencias y odios acumulados la tensionaron gratuítamente. El morisco Alberic se encaró al Algemesí cristiano en el primero de un reguero de incidentes que ensombrecieron el reino. Algunos cristianos temían una rebelión inminente y otros codiciaban los fabulosos tesoros que los moros se llevaban consigo. La presunción y la codicia cargaron las armas del prejuicio. Al arribar las primeras noticias de los maltratos y expolios de la soldadesca en Orán, tan cercana a Alicante, varios grupos moriscos se negaron a dejarse conducir al embarque.

                  

En la Vall de Alcalà arrojaron al alcaide del señor cristiano. Los moriscos de la contribución de Pego y de los valles de Gallinera, Laguar, Ebo y Guadalest se sumaron al movimiento. El 24 de octubre los de Jalón abandonaron sus moradas tras profanar las imágenes cristianas y llevarse el cereal del señor y el de la primicia, escenas ya experimentadas en las tierras granadinas de 1568. La montaña alicantina bullía en rebelión. Jaime de Calatayud, asistido por arcabuceros de la huerta de Alicante, aguantó con temple el asedio de su castillo de Sella. La villa cristiana de Murla, separada de su arrabal morisco, yacía aislada en un mar islámica como si, al decir de Escolano, se encontrara transportada a las profundidades de Argel.

                                   

Tras explorar otros puntos los moriscos ascendieron a Laguar el 27 de octubre, y más concretamente al castillo de Pop, en el tossal de la silla del Cavall Verd, con acémilas escoltadas. Paralelamente se había forjado un segundo núcleo de sedición en la Vall de Ayora, Cortes y Millás.

  

La montaña morisca.
La ceja penibética de la actual provincia alicantina alentó la valiente resistencia de Al-Azraq contra Jaime I, alrededor de Alcalà, y atrajo desde finales del siglo XIII una vigorosa colonización mudéjar. Ciertos estrategas de la Granada nazarí del XIV la consideraron una excelente cabeza de puente para una reconquista islámica, pero ni los dirigentes mudéjares ni las personas del común se sumaron a ninguna aventura política seria, decantándose por preservar su estatus.

                                  

Surcada por varios valles, se repartían esta área varios señores a comienzos del XVII. Los Corella eran condes del estado de Cocentaina, la Orden de Montesa señoreaba la Vall de Perputxent, los Cárdenas (marqueses de Elche) dominaban Planes, los Cardona (marqueses de Guadalest) los valles de Travadell y Seta, la baronía de Polop y Ondara (segregándose de sus dominios Ondara y Benidoleig en provecho de los Mendoza por vía matrimonial), Pedro Franqueza (el hombre de confianza del duque de Lerma) se hizo con el señorío de Villalonga, los Català de Valeriola gozaban de Alcalà, los Borja de Ebo, Laguar y Gallinera, y el marquesado de Denia era señorío de la familia del duque de Lerma (valido de Felipe III), los Sandoval. Tal geografía señorial se completaba con la de los pequeños señores de vasallos, acogidos a la jurisdicción suprema de los estados más grandes pero capacitados para dictar penas menores.

                      

Sus vasallos moriscos, que habían experimentado un vigoroso aumento poblacional en el último tercio del XVI, se repartían entre las numerosas alquerías de tales valles y baronías, dependiendo a veces de un núcleo cristiano (como las villas de Cocentaina o Murla) dotado de un arrabal morisco. La forzada conversión no les ahorró tributar los tradicionales impuestos de los mudéjares, si bien su obsolescencia en forma de rentas fijas los preservó de la voracidad recaudatoria de los señores, muy impulsada por la subida de precios. Autores como Eugeni Ciscar descubrieron aquí la razón que alteró el parecer de los nobles contrarios a la expulsión, espoleados por el afán de actualizar sus rentas.

                                                

Los moriscos, al igual que los de Granada, buscaron el refugio de los peñones de las sierras. Los de Almudaina de Planes no alcanzaron el castillo de Serrella a causa de los alcoyanos dispuestos en el paso de Gorga. Muchos se acogieron al pie de la sierra en Castell de Castells, asolando su iglesia. Al no contar con suficientes defensas, marcharon a Ayalt, donde sus pozos no bastaron a calmar su sed. Finalmente el epicentro de la insurrección se focalizó en la Vall de Laguar (o de Lahuar o Alahuar), arquetípica tierra morisca. Se extiende de Norte a Sur desde el Barranc de l´Infern a la serranía de Laguar, y de Este a Oeste desde los confines del marquesado de Denia a la altiplanicie de les Gargues, descendente al Mediodía hacia el Pla de Petracos. Se enclavaban de Norte a Sur las alquerías de Benimaurell, Fleix (o Al-Fleix/Alfeche) y Campell (o Campsiel). Asimismo disponía de fortalezas naturales bien talladas por el terreno: la de las Atzabaras o de Laguar, la de Orba y la del castillo de Pop o del tossal de la Silla del Cavall Verd. Ésta lindaba con la Vall de Pop y se caracterizaba por disponer de dos picos de altura desigual, mirando a Levante hacia la Murla cristiana y a la Laguar morisca a Poniente. Los moriscos alimentaron la creencia, según el dominico Jaime Bleda, que la forma del tossal se debía a que allí desapareció la cabalgadura del gran rival de Jaime I Alfatimí, mitificación del histórico Al- Azraq, esperando su retorno victorioso. Un cierto mesianismo animó a los moriscos.

                 

Aprestándose al combate.
Los alzados no podían confiar meramente en ayudas sobrenaturales, máxime cuando su cifra desbordaba las 20.000 personas según Escolano, elevándolas a 10.000 más otras relaciones de los sucesos. De tales sólo 8.000 eran varones en condiciones de combatir. La reducida cincuentena de familias moriscas de Laguar se encontró desbordada por semejante alud humano. Se dotaron de una jefatura ad hoc, un régulo en palabras de los cronistas cristianos. Desconocemos como se eligió o impuso en tal posición Milleni de Guadalest. Quizá procedente de la morisca Millena, Escolano nos brinda algunos apuntes sobre él. Era un molinero de unos cincuenta años que se dedicaba algunos meses del año al esquileo de ovejas. Sería un hombre maduro y emprendedor que encajaría  entre los prohombres de las comunidades moriscas locales, els vells de otros tiempos. Sintomáticamente ningún alfaquí se puso al frente de la revuelta.

                            

Que los moriscos no se encontraban disociados del ambiente cristiano dominante lo acredita la organización de sus fuerzas. Asesoraba al rey de Laguar un Consejo de Guerra, encomendando el generalato a un Maestre de Campo (singularizado por su blanca garnacha). La cadena de mando en cada sector comprendía un maestre de menor rango, un capitán, un alferez y un sargento. Los recién llegados nutrieron cinco compañías suplementarias. La disciplina se aplicaba con rigor al estilo del fuero de Argel, a golpes de espada. Tal ordenamiento se enfrentó a la acuciante carencia de armas de fuego, reuniéndose no más de quinientas entre pedrenyals, pistolas y escopetas, con escasos arcabuces y sólo dos mosquetes. De Aragón procedía el fabricante de pólvora Tagarino (de tagr o frontera), y un cerrajero que componía con poca fortuna los cañones que reventaban a menudo. Por otra parte, el hacinamiento sobre el terreno no se palió edificando cabañas ni ocupando las cuevas, dejándose sentir en les Gargues tal saturación.

                      

Mientras, don Agustín Mejía desplegó con cautela sus tropas, sin pretender desencadenar una reacción morisca aún más furibunda. Dispuso tres compañías del Tercio de Nápoles en Xàbia, Benissa y Teulada, y después avanzó desde las dos últimas 60 soldados a la amenazada Murla, completándolo con la ubicación en Pego de la compañía de Xàbia y de 50 hombres en el fuerte del Bèrnia. Se pretendía yugular toda ayuda berberisca desde el litoral e inducir a los moriscos a la capitulación. Sin embargo no se disuadió la ocupación de Pop, y los Tercios de Sicilia y Galeones tuvieron que partir desde Alicante hacia Callosa y el castillo de Guadalest. Los moriscos lanzaron bravatas a sus adversarios sin la que la rendición llegara. Visto el panorama Mejía convocó a las milicias del Sur del reino.

               

La milicia de Alicante.
 Desde su fundación en el siglo XIII nuestros municipios gozaron de los reyes del reconocimiento a la autodefensa, participando activamente en las campañas en defensa del reino. Cada localidad puso en pie su propia hueste o milicia. Adecenarse u ordenarse en decenas fue sinónimo de disponer en orden de combate a todos los varones en edad militar. Para prevenir movilizaciones subversivas el permiso del rey o de su representante territorial era obligado. Los municipios mantenían acuerdos de asistencia militar entre sí en no pocas ocasiones. En 1555 Játiva requirió la de Alicante para enfrentarse al desafiante señor de Barxeta, que alzó jurisdicción suprema en este lugar de la contribución territorial de aquella ciudad. Los 400 hombres ofertados y pagados por Alicante no llegaron a actuar al resolverse antes el contencioso.

 Tras la Guerra de las Germanías nuestra milicia se enfrentó particularmente a la amenaza del corsarismo berberisco, bregando exitosamente con el desafío de la modernización organizativa y armamentística. Además de adoptar arcabuces mayoritariamente, arrinconando de una vez por todas a las ballestas aún presentes en 1550, se tomó como referente organizativo la estructura del Tercio. Cada  compañía (de más de cien hombres) era regida por un capitán a las órdenes de un cabo, de un sargento mayor y de un maestre. En Flandes un Tercio se componía de doce compañías (de unos 250 soldados) gobernadas por un estado coronel encabezado por un maestre de campo (el coronel y capitán de la primera compañía) y por un sargento mayor (capitán de la segunda compañía).

                    

En el alarde o revista militar del 20 de agosto de 1609 del maestre de campo Francisco Miranda, comisionado por el virrey, se constató que nuestra ciudad disponía de nueve compañías, que se repartían mil hombres, mil arcabuces y diecinueve piezas de artillería. Las universidades de Muchamiel y San Juan (segregadas de Alicante en 1580 y 1593 respectivamente) contaban con 4 compañías, 400 hombres y 430 arcabuces, y con una compañía de 115 provistos de arcabuz. La periciosa fama de los arcabuceros de nuestra huerta dimanaba de la acuciante necesidad de plantar cara a las incursiones corsarias, permitiendo a sus naturales el porte expreso de armas.

                       

Pese al tirón de orejas del 20 de octubre de 1566 a los prohombres que no mantenían la preceptiva montura armada con lanza y adarga, amenazando el comisionado Juan Ribera con desinsacularlos o privarlos del acceso a los oficios municipales, los alicantinos eran varones de temple aprestados al ejercicio de las armas. No pocos escogieron la carrera militar. La ética caballeresca de las familias de la aristocracia local, ansiosas de obtener mercedes reales a través del servicio en la guerra, orientó los pasos de varios alicantinos a lo largo y ancho del imperio. En Lepanto combatieron Miguel Pascual, Jaime Peres, Antonio Venrell y Luis Berenguer de Muchamiel. Miguel Bendicho, tío del afamado cronista barroco, participó en las guerras de religión francesas. El caballero de Montesa don Juan Fernández de Mesa descolló en los galeones fondeados en el Cádiz atacado por los ingleses (1596). Ante el riesgo de nuevas incursiones inglesas el general de la Carrera de Indias don Francisco Coloma fue designado capitán de Alicante. Francisco Berenguer, pariente del citado Luis, sobresalió en la defensa de Sella ante los moriscos, alcanzando más tarde la capitanía de coraceros como caballero del duque de Frías en el socorro de las Alsacias durante la Guerra de los Treinta Años. En el Tercio de la Lombardía militó el caballero don Bartolomé Martínez Clavero.

                

La amenaza otomana conservó no poco de la atmósfera de la añeja frontera medieval. El toque de rebato ante sus asaltos sonó más de una vez en 1585/86, años después de la supuesta desactivación mediterránea tras Lepanto. Cuando en 1597 desembarcara en un paraje del término ilicitano un comando de berberiscos, las fuerzas locales les sorprendieron, obligándoles a refugiarse en la serranía entre Agost y Tibi. Aniquilados tras un reñido combate, sus cabezas se expusieron en nuestra Calle Mayor insertas en puntas de lanza o colgadas de arcabuces, signo de un tiempo que no se resignaba a desaparecer, cuando los municipios pagaban a los rastreadores por las cabezas de moros enemigos. No en vano cuando en la Denia de 1599 presentaron sus respetos a Felipe III los caballeros Jaime Pascual y Cristóbal Mingot vestían a la turquesca, al igual que sus servidores y marineros. Y en 1609 la frontera abrasaba.

                      

Las tropas alicantinas marchan a Laguar.
El 17 de noviembre partió de Alicante el servicio requerido por Mejía. De sus nuevas compañías milicianas, nuestra ciudad envió dos bajo el mando de don Bernardo Mingot y de don Juan Bautista Canicia de Franquí, buenos exponentes de la aristocracia alicantina, pues los dos merecieron su insaculación en la bolsa de caballeros en 1600. El primero formaba parte de un linaje de raigambre catalana que ejerció el justiciazgo en varias ocasiones (el propio don Bernardo en 1597), y el segundo de una de ennoblecidos negociantes genoveses que entroncaron con los Martínez de Vera, señores de Busot. Don Juan Bautista fue el síndico de la ciudad en las nupcias del rey celebradas en valencia en 1599, lo que le ocasionó no pocos dispendios.

                       

Las universidades de Muchamiel y San Juan, subordinadas a la suprema jurisdicción criminal de Alicante, contribuyeron cada una con una compañía. Capitaneaba la de San Juan Esteban Briones, cuya familia tenía su origen en Cuenca, y la de Muchamiel Baltasar Berenguer, acompañándole treinta y cinco parientes de su combativa familia.

             

El mando de toda esta fuerza correspondió a otro Mingot, don Antonio, en calidad de sargento mayor. Los gastos corrieron a cargo de la administración real. En la posición de Castell de Castells los nuestros se unieron a los de Elche, Jijona, Alcoy, Cocentaina, Bocairente, Bihar, Onil, Castalla, Villajoyosa, Denia, Xàbea y Gandia. El 21 de noviembre el Maestre de Campo General ordenó el comienzo del ataque.

                                     

El asalto al campo morisco.
La orden se formuló de madrugada, con un tiempo frío y lluvioso digno del otoño mediterráneo de la Pequeña Edad de Hielo. Encomendados a Dios, las tropas marcharon silenciosamente en columna, enfundando con cañas las mechas de sus arcabuces. Al alba se arribó a Petracos, y el ejército se dividió en tres mangas. Los alicantinos formaron junto a los de Gandía, acometiendo la trinchera de los moriscos, desalojándolos de las Atzabaras hasta retroceder al pie del castillo de Pop, donde los nuestros enlazaron con los montañeses de Cocentaina y Jijona que descendían de las elevaciones.

              

Ante el cansancio de la jornada, con adversas condiciones meteorológicas, Mejía detuvo el avance ante la Silla del Cavall Verd. Cuando los milicianos se apoderaban de los despojos de la lucha, encajaron una brava acometida morisca, finalmente fracasada. Vista la situación el general no arriesgó otro ataque frontal contra las posiciones moriscas, decantándose por cercarlas. Emplazó dos compañías en el piedemonte del castillo de Pop, y las fuerzas restantes aguardaron en Laguar. La clave radicó en la ocupación por veinte guardias viejos de cada una de las seis fuentes del peñón más elevado de la Silla. La sed atormentaría a los asediados moriscos.

           

El final de la resistencia.
En el transcurso de la acción cayó Milleni, escogiéndose infructuosamente a otros de mando fugaz y desafortunado. El postrer rey de Laguar fue un tal Ybaxan, enfrentado a una inevitable rendición el 29 de noviembre.

          

Pese a que la cifra de bajas no resultó alta (unas 600), el estado de los moriscos era a todas luces deplorable. El desánimo se apoderó de muchos, y las supersticiones hicieron mella. Alguna mujer dijo haber contemplado a la mismísima Virgen María espada en mano conduciendo a los asaltantes. Quizá deseara congraciarse con los vencedores o explicarse la derrota de los suyos. Ciertos padres llegaron a vender a sus hijos, convirtiéndose muchos moriscos en botín de guerra de soldados y milicianos, que se negaron a manifestarlos o declararlos ante las autoridades, malversando los escrúpulos de no expulsar a los menores aún no evangelizados.

            

A Ybaxan se le deparaba el castigo ejemplarizante del caudillo de Cortes Turígit, agarrotado y descuartizado ceremonialmente en Valencia, disponiendo en el Portal de San Vicente su cabeza con una corona de hierro hacia abajo. Sin embargo, al salir de Alicante hacia Valencia murió de inanición. Sus hijos y hermanos terminaron remando en galeras.

             

Orgullo y cautiverio.
Los supervivientes a las adversidades abandonaron las tierras de sus mayores desde Alicante. A nuestros ojos de poco nos podemos congratular, pero en el XVII las cosas merecían otro juicio. En 1640 Bendicho celebró la expulsión y la campaña de Laguar, en una Alicante poco afectada por el extrañamiento morisco en vivo contraste con otras comarcas del reino, sin plañirse de las consecuencias materiales como Escolano y una legión de historiadores actuales. Tampoco Bendicho se privó de consignar los versos del poeta valenciano Gaspar Aguilar dedicadas a los milicianos alicantinos:

            

    “Aunque por todo el mundo es manifiesto
    el valor de la gente de Alicante
    Mingot, que va con ella, está dispuesto
    a procurar, que el Cielo se levante.”

             

Aunque otras relaciones destacarían la bravura de otras milicias, como las de Biar, Mejía confirmaría los juicios elogiosos sobre los nuestros. Mantuvo que de conocer la pericia militar de los hombres de las milicias, el rey podía haberse ahorrado cuantiosas sumas. Hemos de tratar con suma prudencia tales halagos calculados y saturados de segundas intenciones, si bien los coetáneos los valoraban extraordinariamente al acreditar el valor y la fidelidad de la república de la ciudad de Alicante en defensa del rey, cualidades muy destacadas en la sociedad de honor del Barroco. De este mecanismo abusaría la monarquía en el Seiscientos, cargando sobre nuestro municipio unos compromisos militares excesivos para sus fuerzas, según acreditaría el bombardeo francés de 1691.

                  

Si la expulsión morisca y la campaña de Laguar fueron los primeros episodios del Alicante del XVII como destacada plaza de armas de una monarquía con compromisos globales, también resultaron el canto del cisne de la frontera medieval atenta a la amenaza del Islam peninsular y enredada en el tráfico ilegal de esclavos. De los 110 menores registrados en Alicante tras la expulsión, 50 procedían de Laguar. Las populares fiestas de moros y cristianos entre otras cosas nos recuerdan que la guerra no era ajena a la manera de vivir de los alicantinos de hace cuatro siglos.

            

Fuentes y bibliografía.
-BENDICHO, V., Chrónica de la muy ilustre, noble y leal ciudad de Alicante. Edición de Mª. L. Cabanes, 4 vols, Alicante, 1991.
-BLASCO, R. Mª, Los moriscos que permanecieron en el obispado de Orihuela después de 1609, Sharq Al-Andalus. Estudios Árabes, núm. 6,  pp. 129-147, Alicante, 1989.
-BLEDA, J., Defensio fidei in causa Neophytorum sive Morischorum Regni Valentiae, totiusque Hispaniae, Valencia, 1609.
-BORONAT, P., Los moriscos españoles y su expulsión. Estudio histórico-crítico, 2 vols., Valencia, 1901.
-CISCAR, E., Moriscos, nobles y repobladores. Estudios sobre el siglo XVII en Valencia, Valencia, 1993.
-DUEÑAS, Mª. C., Territorio y jurisdicción en Alicante: el término general durante la Edad Moderna, Alicante, 1997.
-ESCOLANO, G., Décadas de la Historia de la insigne y coronada ciudad y reino de Valencia (continuada por J. B. Perales), 3 vols, Valencia, 1878.
-LAPEYRE, H., Geografía de la España morisca, Valencia, 1986.
-MALTÉS, J. B.-LÓPEZ, L., Ilice ilustrada. Historia de la muy noble, leal y fidelísima ciudad de Alicante. Edición de Mª. L. Cabanes y S. Llorens, Alicante, 1991.
-PARKER, G., El Ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. La logística de la victoria y derrota de España en las guerras de los Países Bajos, Madrid, 1986.
-PORCAR, P. J., Coses evengudes en la ciutat i regne de València (Dietari, 1589-1628). Edición de F. Garcia, Valencia, 1983.
-REQUENA, F., La defensa de la costa valenciana en la época de los Austrias, Alicante, 1997.
-THOMPSON, I. A. A., Guerra y decadencia. Gobierno y administración en la España de los Austrias, 1560-1620, Barcelona, 1981.

    Víctor Manuel GALÁN TENDERO.

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A partir de la exposición “30 años de ayuntamientos democráticos” de Elche, se muestran aquí algunas de sus fotografías. Aunque es inevitable que estos actos, tengan un tufillo a propaganda electoral (el antes en blanco y negro, junto a lo bien que ha quedado la reforma en color), es interesante tener instantáneas de las ciudades, de los años 70 y 80, porque es un periodo un tanto escaso a nivel fotográfico ciudadano. Así que como homenage a nuestra vecina ciudad, con motivo de sus fiestas, aquí están esta pequeña muestra de lo que fue Elx hace un par de décadas.
         
 
Casa de la Festa

 Poeta Miguel Hernández
                  
  
Hornos de Yeso

 Barrio Los Palmerales
              

 Avenida de Alicante
         

 Lonja de frutas y verduras
        

 Torre de Resemblanch
       

 Construcción Pont de la Generalitat
     
 Font de la Glorieta 
             
  
Matadero Municipal

 Parc Industrial
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Vista aérea del Teatro
      

Almoradí cuenta con  el teatro Cortés desde el 7 de Octubre de 1908, aunque desde 1886 se celebraban actuaciones teatrales en un almacén propiedad de D. Mariano Cortés, muy próximo al emplazamiento actual, en la calle Tomás Capdepón.
              
 
  
 

                     
La inauguración  se llevó a cabo con la obra “El amor ciego”.
               

En uno de los laterales del Teatro funcionaba un cine de verano, con sillas de madera y suelo de tierra,  donde además de proyectar películas  se celebraban actuaciones musicales.

         

El teatro mantuvo su actividad hasta el año 71, fecha en la que se cerró por falta de rentabilidad. Sin embargo, en 1987 el ayuntamiento lo compró por 12 millones de Pts. (72.100 €).

               
Se rehabilitó y volvió a inaugurar en Noviembre de 1988.

 
  
        

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Fotografías Antiguas de Castell de Guadalest (1)
Fotografías Antiguas de Castell de Guadalest (2)

Las mujeres se ocupaban del trabajo doméstico (barrer, cocinar, acarrear agua…), mientras que los hombres dominaban el trabajo de campo.

La excepcionalidad del emplazamiento de Guadalest se refleja de igual forma en la construcción de sus espacios religiosos. El campanario sobresale por encima de una de las rocas dotándose de una magnífica posición visual. Las terrazas que lindan con “la costera del Portal” fueron en su día propiedad de los Orduña, una pequeña muestra del poder y riquezas de la familia.

La subida al portal de entrada al castillo (llamado de “Sant Josep” y con una de sus puertas originales), es un esfuerzo casi sobrehumano para el campesino que vuelve del campo con el capazo lleno de forraje o la mujer que porta un cántaro de agua.

Las casas del pueblo se distribuyen con cierta irregularidad, definiendo un tosco urbanismo. Plazas y calles son el punto de encuentro para la comunidad: en ellas se charla, se trabaja, se corteja, se llora a los muertos….

El Castillo de la Alcozaiba comparte la roca con el de Guadalest. Es un conjunto defensivo construido a partir del siglo XI. Estas fortificaciones estaban a su vez inscritas en una red más amplia de defensas, como una auténtica malla de control del territorio

El Via Crucis acaba en el cementerio. El catolicismo, de profundas raíces en la sociedad tradicional, concibe la muerte como el fin del penoso camino vital. El grupo escenifica este hecho en el Vía Crucis, con la representación de la muerte de Cristo

Fuente:
“Castell de Guadalest visto por Mora Carbonell”
ED. Tívoli
L´Ull del Temps

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Francisco Mora Carbonell: Pasión por la Fotografía
Fotografías antiguas de Guadalest (1)

En sus ratos libres, los animales de carga también son los mejores amigos del hombre y la diversión de los más pequeños.

Las mujeres y los niños eran los encargados de coger agua o lavar las prendas de ropa en la fuente del pueblo. El jabón estaba hecho con una mezcla de restos de aceite viejo y sosa. Para facilitar el lavado, se utilizaba “lleixiu”, una mezcla de cenizas y agua caliente, que funcionaba como detergente.

El pastoreo en las terrazas de cultivo era origen de múltiples enfrentamientos entre labradores y pastores. Las cabras negras aprovechaban al máximo el pasto fresco, estuviera donde estuviese.

Un “marge” sirve de improvisado tendedero para la ropa en la “costera del Portal”, tramo de unión entre el “arrabal” y la zona fortificada.

Calles de tierra, en ocasiones empedradas y angostas, y muros trabados con mortero y después encalados, se iban estructurando para crear el espacio urbanístico rural.
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Fuente:
“Castell de Guadalest visto por Mora Carbonell”
ED. Tívoli
L´Ull del Temps

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La entrada al Castillo. Una pareja se detiene ante los almendros en flor y observan el paisaje. ¡Cuántas veces habremos hecho lo mismo!. El tiempo, en ocasiones, no pasa tan deprisa como creemos.

“Caminante, detente y medita en la maravillosa obra de Dios y en el efímero paso por la vida. Guadalest te ruega respeto por sus muertos”.
(Inscripción grabada a la entrada del Cementerio de Guadalest)

Aunque hoy nos pueda parecer lo contrario, Castell de Guadalest es una pequeña población de 204 habitantes, situada en la parte norte de la comarca de la Marina Baixa.

Y decimos “pueda parecer”, porque el turismo de masas lo ha hecho mundialmente famoso, ha saturado sus callejuelas y ha invadido sus alrededores como una plaga biblica. De ahora en adelante, su nombre está y estará inexorablemente unido al negocio multitudinario.

Pero no nos engañemos: para el alicantino conocedor de su provincia y sus raices culturales, Castell de Guadalest ha sido historicamente (y lo será siempre en nuestros corazones) un pequeño pueblecito interior de nuestras montañas.

Así lo vio a mitad de siglo pasado D. Francisco Mora Carbonell, ilustre fotógrafo del que ya hablamos en ESTE enlace; y así queremos verlo eternamente.

Estamos ante la fotografía de Mora y Carbonell que ha recorrido más exposiciones. Se llama “Rincón de Aldea”, y resume la esencia de una pequeña zona rural

Varias panorámicas de los alrededores de Castell de Guadalest. Recordemos que estamos en 1940.

La lectura de un libro o hacer los deberes a la sombra de un olivo. Quizá años después, cuando el joven de la fotografía sea mayor, quizá sea el responsable de la plantación de muchos más; hoy, invaden la zona. El aceite de oliva que allí nace constituye un elemento clave en la dieta mediterránea

El pastoreo de cabras negras o la labranza con la mula, mientras la mujer espera con el cabàs, es una imagen hoy casi desaparecida que fue, sin embargo, motivo de múltiples fotografías

Los animales han sido parte esencial de las sociedades premecanizadas, ya que proporcionaban ayuda física en el trabajo, alimento directo y complemento monetario por la venta de productos derivados

La “Fuente del Xorro”, punto de reunión habitual para el pueblo, a pesar de la niebla y el mal tiempo reinante. La fuente, como el lavadero, constituyen lugares de confluencia diario

Si los hombres y mujeres utilizan la fuente, las bestias de carga usan el abrevadero. Batiste, un vecino popular del Guadalest de aquellos años, fue cartero y sanador de cerdos.

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Fuente:
“Castell de Guadalest”
ED. Tívoli; Ull del Temps

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Francisco Mora Carbonell nace en Alcoy en 1898 y muere en la misma ciudad el 16 de Diciembre de 1977. Su vida trancurre entre el origen y el desarrollo técnico de su gran pasión y su legado más conocido: la fotografía.

Mora Carbonell se aprovecha de la comodidad burguesa alcoyana para acceder al todavía incipiente mundo de la fotografía. Su enorme sensibilidad con la cámara le convierte en uno de los especialistas más reconocidos en la materia.

Aunque inicia estudios de dibujo y pintura, su vida da un giro radical cuando conoce la fotografía. Sus primeras cámaras son de placa de vidrio, máquinas que con el tiempo substituye por otras más modernas: la Pentax Spotmatic y, sobre todo, la Rolleinflex 6×6.

Sus fotografías “combinan siempre una fuerte energía expresiva con un tratamiento sobrio y endulzado”. Su imagen es casi irreal y ficticia, del escenario fotografiado. Mora Carbonell exprime las posibilidades estéticas de aquello que su cámara capta.
El curriculum de D. Francisco está plagado de premios: es el primer fotógrafo español admitido en el Certamen Internacional de Londres; en 1930 obtiene su primera distinción en la Exposición Internacional de Amberes; en 1933 es condecorado con la Medalla de Plata de la Exposición Internacional de Lucerna, en Suiza; en 1957, la Federation Internationale de L´Art Photographique le concede el título de “Artista”; y en 1930 realiza una exposición individual en Valencia. Tras su muerte, dos de sus fotografías forman parte de la exposicción “Arte del Siglo XX en Alicante”, celebrada en 2002.

Sin embargo, si por algo es conocido, es por sus fotografías de Guadalest. Allí viaja por primera vez durante la Guerra Civil. Entra en contacto con la comunidad rural de la montaña alicantina, de la que descubre infinidad de posibilidades escénicas. Una vez concluída la contienda, perdura su relación con Guadalest una década, más concretamente, la de 1940.

En las fotografías de Mora Carbonell vemos la captación de un paisaje, de un grupo humano y de una forma de vida que hoy llamamos “tradicional”. Su pasión por lo cotidiano se plasma con una naturalidad asombrosa. Valiosa imagen para el recuerdo que siempre nos hace caer en la más pura melancolía.

Si nuestros lectores pensaban que habían visto todo de Guadalest, Alicante Vivo les mostrará a partir de mañana un universo diferente; casi paralelo. Las relaciones de poder, de familia, de género, de amistad, de los afectos, de la propiedad de la tierra, de los escasos medios de vida, del profundo sentimiento religioso y, sobre todo, del dolor de la postguerra. Un Guadalest totalmente alejado de la visión turística y excesiva a la que estamos acostumbrados

Desde hoy, cuando veamos o hablemos de Guadalest, lo haremos con otros ojos.


Fuente:
“Castell de Guadalest visto por Mora Carbonell”
ED. Tívoli

L´Ull del Temps

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Si eres montañero, sabrás que las cumbres hoy son objeto de visita deportiva casi multitudinaria.

Del miedo a las alturas se ha pasado al afán por ascenderlas, que no conquistarlas. Una montaña no se conquista, se acaricia, se visita, se disfruta… Pero núnca se posee. Ni con escritura de propiedad. Nosotros pasamos y ellas siguen, cambian, suben, se desgastan…

LOS SÍMBOLOS
Escudo-Alfile

Es natural que cada pueblo identifique los lugares sagrados con sus símbolos. Es normal que al llegar a un pico, un montón de piedras, una cruz o un simple tronco, destaque el hito de la cumbre. Ya en 1700, en Orihuela, se colocó cerca de la Muela una primitiva cruz para santificar aquellos picos donde podían habitar seres malignos. Con el tiempo se cambió la ubicación y la calidad del símbolo cristiano. En el siglo XX este símbolo paso avatares diversos, algunos terribles. Pero ya hablaremos de ellos otro día.

En otros lugares son figuras de vírgenes o santos, pequeños altares, buzones o… simplemente nada. El hielo y los cambio de tiempo hacen imposible la permanencia de nada sobre estos picos. Edmund Hilary y Tensing colocaron una pequeña cruz y algunos alimentos sobre el hielo. El viento o el propio hielo hicieron desaparecer dichos objetos en poco tiempo.

Está claro que no todas las cumbres pueden albergar estos elementos colocados por el hombre.

La Virgen de las Nieves colocada sobre el Veleta, era repuesta año tras año hasta que se colocó a los 2700 metros, es decir 700 metros más abajo. La cruz del Mulhacen desaparece casi todos los años. La tengo fotografiada entera, partida, torcida, desparecida bajo metros de hielo.

Pero en Alicante, sobre el Puig Campana y durante 30 años, hemos tenido un poste de dos metros y medio coronado por un rectángulo acostado de 50*150 cm. Todo esto sobre una plataforma de piedra y cemento de metro y medio.

UN POCO DE HISTORIA

El 6 de diciembre de 1940 se unifico a los diversos grupos juveniles del bando ganador de la Guerra Civil. Se juntó a nivel juvenil a los Pelayos y a las Juventudes Carlistas con la Organización de Juventudes Falangistas. Se les conoció como Frente de Juventudes.

Pasados los años, el fin político de dicha organización se diluyó con la entrada al poder de grupos no Falangistas ni Tradicionalistas. Fue en 1960 cuando se creo la OJE. Era una organización menos politizada y menos fascistoide. Recordar que el Frente de Juventudes fue una copia de la Juventudes Fascistas italianas, portuguesas o Hitlerianas.

Había que soltar lastre.

La OJE, tenía un lema: “VALE QUIEN SIRVE”. Nunca he sabido si el “sirve” hace referencia a ser útil o servil. Su escudo era la cruz de San Fernando. Este rey fue al igual que su primo hermano Luis de Francia, santo. Les venia de familia. Se ve. Como militar fue invicto y tras la incorporación de León, emprendió la guerra contra los españoles del sur. Campaña tras campaña, sometía los reinos “sarracenos”. El primo Luis, emprendió una Cruzada contra el infiel y allí en Palestina, dejo la piel. La avaricia rompe el saco.

Fernando, tras llegar al Atlántico, cruzo y llevó a cabo la primera incursión en el norte de África. Medio monje, medio soldado, fue un ejemplo tanto militar como político. Pues al igual que era benevolente con los que se rendían y convertían, era cruel con los que se resistian. No sé de que enchufe se valió para ser santo, pero bueno eso es cosa de ellos.

LA CRUZ DE SAN FERNANDO

Tras la creación de la OJE y ya que la Aitana estaba ocupada militarmente por el Ejercito Americano, se decidió colocar la cruz de tamaño singular sobre el Puig Campana.

El transporte se hizo a hombros de miembros de este colectivo y mientas se pudo, de monturas de diversos tipos.

La construcción era sencilla e ingeniosa. Una serie de piezas de hierro angulado con base a un lado de 50 cm. y determinadas perforaciones que permitían su unión, facilitaba su transporte y su montaje. Cada plancha estaba perforada de forma regular con el fin de evitar al máximo la resistencia al viento. La unión se hacía con gruesos tornillos y tuercas reforzadas con piezas que reforzaban su efecto. Tres tornillos por unión.

El resultado fue una cruz de tres metros de lado, aproximadamente. Este monumento estaba rematado en el centro con una figura recortada en chapa gruesa y moldeada a martillo con la forma del león rampante símbolo del reino leonés.

Toda esta estructura se soportaba sobre un poste de hierro de tres metros en tramos de 150 cm. unidos entre sí y con la cruz mediante un foro cuadrado que cubría sobradamente las juntas. Terminaba el conjunto una chapa ligera que hacia de pedestal entre la cruz y la base de piedra donde el poste se hundía medio metro o un poco más.

Todos estos datos provienen de las fotos que poseo y del recuerdo de alguna revista de los 60 en que se veía el artilugio terminado.
Se inauguró con la pompa acostumbrada, brazo en alto, misa de campaña, cánticos alemanes con letra española y visita de autoridades, desde lejos, claro. Subir cuesta mucho.

LA MONTAÑA ES CRUEL

Tanto esfuerzo e ilusión de los jóvenes y no tan jóvenes se vio truncado en breves semanas. Al subir a la cumbre un grupo de miembros de la OJE, encontraron la enorme cruz partida, tronchada y dispersa. Bajaron a toda prisa y dieron parte a la Guardia Civil. ¡Los rojos han roto la cruz! Se repasó la gente que había visitado la montaña. Entonces pasaban meses sin que nadie llegara a la cumbre. Era fácil. Se culpó a los rojos del CEA.

Una foto salvó de la sospecha a los casi infortunados alicantinos. La foto la tenemos aquí. Desde un joven Pérez Oca a Pacheco, delegado de la Federación Valenciana de Montañismo, exdivisionario Azul y una de las personas mas justas, buenas, serias, deportistas y trabajadoras que he conocido. Junto a ellos la flor y nata del montañismo alicantino, Salvador Bou, Ramón Casal, etc.

La palabra de Don Carlos Pacheco bastó para disipar sospechas. Fue una tormenta según los lugareños. Un rayo, el viento, la enorme pantalla de la cruz, la endeble base que la sustentaba… Todo jugó contra el monumento.

Con la ayuda de montañeros y miembros de la OJE se reconstruyó una “T”, la que vemos en las fotos antiguas. Al pie, el león rampante estuvo hasta que el viento o algún desaprensivo lo hizo desaparecer. Las piezas se oxidaron, la piedra se rajó y poco a poco la cumbre quedó despejada.

El esfuerzo de aquellos jóvenes ha pasado desapercibido. Pero yo tengo muchos amigos, compañeros que fueron de la OJE. Algunos, entrañables. A ellos, a la ilusión que pusieron va dedicado este trabajo de arqueología aficionada que con ayuda de mi hija, papel cuadriculado, ordenador y calculadora, me ha servido para determinar la forma y tamaño de la efímera Cruz de San Fernando.

Solo una petición.

La historia es la historia.

No soy nostálgico de nada salvo la hermosa juventud que he vivido en las hermosas montañas alicantinas. En ellas he pasado momentos inimaginables. Muchos en compañía de mis “ojetes”. Ellos nos llamaban de todo, pero es normal, ellos disciplinados y nosotros anárquicos, pero compañeros.

Por ellos.

Solo espero que alguien que lea esta historia pueda aportar datos sobre aquella experiencia, actos, modos de subir las piezas, fotos, etc…

Gracias amigos.

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Las barcas de pesca y paseo; una imagen típica de Santa Pola
        

Nos contaba Juan Luis Román del Cerro en su artículo “Las marismas le dieron su nombre” (Diario Información; 27-06-2004), que los antiguos pescadores de Santa Pola se acercaban al “bancal de los chavos” -ruinas romanas- a llenarse sus sombreros de monedas oxidadas. Allí, en una pequeña loma, había existido un emporium romano que servía de almacén de mercancias del primigenio puerto.

                              

Pero… ¿en qué lugar se emplazaba dicho puerto? O lo que es lo mismo… ¿dónde había estado el origen de la ciudad?

                

 
El merendero Miramar (¿quizá el antecesor del Restaurante Miramar?), se adelanta a las casitas para estar más cerca de la orilla
         

Según Gaspar Escolano “a tiro de arcabuz del castillo se encuentra el aljibe y cerca de él, al poniente, se pueden encontrar rastos del muelle en seco (…)”. También Aureliano Ibarra, Cronista de Elx, describió los restos arqueológicos allí encontrados: “ánforas, vasijas, muros de sillería con inscripciones, un dolium, mármoles con bajos relieves de jabalí (…)”.

                    

Antiguamente, Santa Pola se llamaba “Sinus Illicitanus”, es decir, “Golfo de Illici”. De su ferviente actividad portuaria nació poco a poco un habitat que se convirtió en fortaleza indispensable para la defensa costera de la zona. “Illici” (la hoy Elx) estuvo situada en la Alcudia, junto a la antigua desembocadura del Río Vinalopó. Este río, antes de llegar al mar, inundaba el delta del que hoy sólo quedan unas salinas y humedales. 

                            

 
La fachada del Castillo, fotografiada cientos de veces antes…
                   
 
… y ahora (Fotografía de Juan J. Amores©)

Aprovechando la fisonomía del lugar y el golfo marino, este puerto ofreció a Illici la posibilidad de intercambios comerciales muy intensos en la época romana. Por desgracia, los sedimentos fluviales colmataron el delta y la inexorable retirada del mar. La ciudad se encontró cada vez más alejada de la costa. 

                       

Para evitar ésto, se creó un pequeño pueblo para atender las necesidades del puerto, quedándose Illici inservible. Se abandonó la Alcudia y en época árabe se trasladó el actual emplazamiento de Elx tierra adentro, mientras prosperaba el puerto costero.

                   

 
           

El Marqués de Molins (del que hablaremos proximamente en este blog), hizo una descripción muy buena de la ensenada: “el cabo de Santa POla resguarda al puerto de los vientos de Levante, amparado además por la isla de Tabarca, que quiebra las encrespadas olas. La bahía es abierta, despejada, de cielo claro y apacible clima, lindante con lagunas ricas en caza y asombrosa pesca (…) Los fuertes vientos de tramuntana en vano persiguen a los barcos, pues al llegar al golfo las ondas apenas se rizan y las anclas echadas al mar se aferran como cogidas por la mano de la diosa benéfica que allí mora”.

                            

Tal fue así las bondades de su puerto, que el propio Jorge Juan, habiendo sido encargado por el gobierno para el estudio de la ubicación del arsenal de cartagena, estuvo dudando mucho si situarlo en Santa Pola. Su utilización e importancia llevó al Duque Bernardino de Cárdenas a construir un fuerte para defenderlo de los ataques de los piratas berberiscos. Era el año 1557. El Cronista Rafael Martín de Viciana dice que “a aquel puerto se le llamó Santa Pola. Y que gracias a la isla los vientos de Xaloc rompen en ella dejando la mar quieta hasta él”. El Duque había dispuesto muy buena artillería en el fuerte, por lo que los buques que surcaban sus aguas tenía gran defensa. La fortaleza estaba rodeada de mueros gruesos y cuatro baluartes, dotados de munición, gente y orden para cualquier eventualidad. “No lejos del Castillo tiene una albufera en la que se cria y toma el más sabroso pescado de todas las albuferas del Reino“. Y al igual que el delta del río, el Castillo hoy en día está separado del mar, algo más en el interior, pues el mar continúa con su constante proceso de retirada.

                                     

 
Calle Castelar, con un tumulto “atípico” en el centro de la fotografía.
      

Respecto al nombre de la población, a las zonas húmedas en latín se les llamaba “palus”. Concretamente los historiadores latinos llamaron a este delta “inmensa palus”. Es clara, pues, esta etimología, documentada ya por Avieno en el siglo IV, que por culpa de la metátesis se convirtió en “Pauls” y de ahí en valenciano “Pol”.

 
Otra perspectiva de la Calle Castelar, con la tienda de “gasolina y petróleo” a mano derecha
        

 “Urbanismo despejado”: calles amplias, tranquilas, ideales para el paseo y la vida popular

Fuentes:
ROMAN DEL CERRO, Juan Luis. Diario Información. 
Fotografías:

DIPUTACIÓN DE ALICANTE. “El Ojo del Tiempo en la Provincia de Alicante”

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Pedreguer bajo la nieve

             
Pedreguer es una población agrícola alicantina ubicada en la Marina Alta.

Su historia se remonta a 1249, cuando  Pedreguer (antigua alquería musulmana), fue donado a Andreu y Albert Flix por Ximén Carroç. Con posterioridad, pasó a pertenecer a los Rois de Corella, a los Pujadas y a los condes de Anna y Cervellón. En 1609, Pedreguer con sus alquerías de Matoses y Albardanera, más tarde deshabitadas, contaba con un centenar de casas de moriscos. Tras la expulsión, el conde de Anna repobló el lugar con gentes procedentes de Cataluña y Mallorca. Es curioso el largo litigio que inició el pueblo en 1837 contra el conde de Cervellón, que se resolvió tres décadas después mediante el pago al conde de 210.000 sueldos que redimían a la población de los derechos señoriales que el citado señor tenía sobre ella.
        
 
El artesano en plena faena de embogado
              
Pedreguer tiene abundantes terrenos de regadío, donde se cosechan hortalizas, cítricos y uva. Su industria, nada desdeñable, se basa en la fabricación de bolsos, sombreros y marroquinería. Pero sin duda, lo más destacado de la población son las fachadas de sus casas, pintadas de colores vivos, con balcones enrejados y puertas de madera labrada.
               
En la Plaza Mayor hay una estructura porticada llamada “Porxes” en la que se ubica el Mercado; igualmente, es de obligada visita la subida  al “Mirabarques”, el mirador desde el cual se contemplan las mejores vistas de la población y desde el que se divisa el mar
                                   
 
Los toros, tan presentes en las fiestas de nuestros pueblos.
                        

                         
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